Basta tan sólo una mirada perdida, para poder comprender que el amor no es una fase, ni una ilusión, ni mucho menos un estado de ánimo. El amor es sencillamente, saber sin pensar, ver sin abrir los ojos, entender sin escuchar, decir sin pronunciar una sola palabra, y sentir sin tocar superficie. Es la esencia del mundo, lo que lo mueve cada día y lo lleva a hacer círculos en un laberinto que logramos resolver cuando todo se torna de una forma en la cual ya nada importa, y las cosas más insignificantes al ojo humano, comienzan a tomar sentido.
Cuando eso ocurre, es posible que nos extrañemos al principio. No lo pedimos, no nos ponemos de acuerdo para decir: “Hoy me voy a enamorar”, “hoy voy a sentir algo diferente por alguien”. No. El amor aparece cuando uno menos lo espera, y en muchos casos, en el momento menos indicado.
Pero, ¿cómo sabemos cuando realmente es amor, o cuando nos estamos engañando con algo que se asemeja a él?
Es importante recalcar que el amor no se controla, el amor no se mide con la mente ni con la cantidad de cariño que le entrego a una persona por cada vez que la veo, el amor nace y es un loco desenfrenado que no quiere parar, es un loco enamorado que hace que esa locura crezca dentro de nosotros. No existen dosis de amor que permitan saber cada cuánto hay que darlo y recibirlo, el amor sabe por quién muere, sabe cuál es esa persona por la que hace que ese músculo que palpita dentro de nosotros bombee sangre más rápido de lo normal. Sabe que por esa persona hace lo que sea, nace sólo para sentirla, para verla, para desearla, para querer saber lo que se siente estar cerca de ella.
Hablando más técnicamente, se dice que la mente nos controla casi todo, casi, casi todo. A veces creemos que creando una barrera entre nuestra mente y nuestros sentimientos, somos capaces de calmar esa fiera de amor que se desborda por nosotros. Pues que pena, pero lamento decir que esto no es posible. El llamado “bloqueo mental”, simplemente es un estado de la mente construido conscientemente, en cual ni salen ni entran ideas a la cabeza. Quedamos suspendidos, de modo que seguimos operando como deberíamos hacerlo normalmente, sin tomar en cuenta que no todo nuestro funcionamiento es óptimo. Cuando el factor “X” (llámese factor “X” a la persona que hace que todo nuestro funcionamiento normal de la vida, se desestabilice, creando así, un desperfecto ó efecto no deseado que produce fallas técnicas en nuestro sistema) aparece, la “fuerte barrera” que estuvimos creando se derriba sin dejar rastro de lo que alguna vez fue una muralla. Es en este momento cuando la presa sentimental se desborda y una vez pasado el desastre, debemos hacer recuento de “daños” (éste implica entre muchos otros efectos secundarios, el no soportar decirle a esa persona lo mucho que significa para nosotros).
Nótese, que si estamos creando una barrera, es nada más y nada menos porque esa persona significa algo para nosotros. Sin embargo, la necesidad de bloquear ese sentimiento, no nos hace sentir bien. Es como si quisiéramos tratar de controlar los instintos que hacen que esa persona sea más especial en algún sentido.
Pero, ¿qué ganamos con bloquear ese sentimiento? Al principio creemos que es lo más conveniente, ya que por ciertas cosas de la vida, sentir algo por esa persona no es lo más adecuado en ese momento, y claro, tenemos razón. Nos hemos encargado de construir una vida “estable”, en la que creemos estar bien, cuando no lo estamos. Tratamos de seguir negando en la cabeza que el sentimiento por esa persona va creciendo cada vez más. Es como si cuando hacemos pan, le agregáramos sin querer, más levadura de lo normal, y lo colocáramos en un molde casi justo a la medida de esa masa. Pasadas unas horas, la masa duplicó su tamaño, y si lo dejáramos más, seguiría en aumento. Así más o menos, con este ejemplo tan rudimentario, es cuando nos damos cuenta de que perdimos el control del amor por esa persona.
Nos estamos autoflagelando. Nos estamos haciendo daño. Y muchas veces tendemos a echarle la culpa a la persona que nos está haciendo perder la razón. No es justo que por culpa de esa persona tengamos un descontrol total en nuestra vida, la cual antes estaba “normal”. Es aquí, cuando nos damos cuenta de que para calmar ese dolor, ese sentimiento funesto, irónicamente necesitamos hablarle, estar con esa persona, sentirla, tenerla aunque sea por un segundo. Cuando estamos con ella, todo ese sentimiento de tristeza se va, se pierde; es como si estuviéramos en un mundo paralelo donde los únicos que existen son la persona que nos hace feliz, y uno mismo.
Es aquí cuando comenzamos a ceder, a dejar que el sentimiento por esa persona aflore poquito a poco. Es cuando comenzamos a dejar de nadar contra marea, y nos dejamos llevar por el mar, cuando comenzamos a aceptar que somos felices con ella. Es aquí cuando de repente el mundo comienza a cobrar sentido, cuando nos damos cuenta de que ya no es atracción. Entonces, ¿es amor o un engaño? No, es simplemente amor.
Pero todavía queda algo que no calza en todo esto. Esa persona todavía no nos ha escuchado decir de nuestra boca que la amamos. Vaya que es un paso difícil, especialmente si todavía existen ciertos impedimentos que no nos dejan completar esta hazaña. Y es cuando comenzamos a pensar en todos, menos en nosotros mismos. Es un error que muchas veces cometemos. Ponemos nuestra felicidad en el último lugar. Es totalmente injusto. Por una vez en nuestras vidas, somos enteramente felices, pero ese detalle lo hace casi imposible de lograr.
Una sola decisión, una sola. Ese momento es el que cambia la vida por siempre. Si damos un paso adelante, estamos prácticamente asegurándonos la vida feliz que hemos deseado. Si damos un paso atrás, seguimos con la misma vida, probablemente sin ningún cambio, caminando por ese sendero que tal vez no sea el que deseamos. La decisión se va acortando a un minuto, uno en el que pasan miles de escenas en nuestra cabeza, y finalmente el “¿Qué hago?”. El minuto se agota, y quedamos suspendidos en un segundo, el de decidir si caminar, o quedarnos donde estamos.
Es aquí cuando puedo decirles con qué se mide el amor. Se mide con la decisión que tomás si realmente amás a esa persona, con el beso robado en el que un segundo dura una eternidad… En pensar en vos mismo y no en los demás ni en las consecuencias, en sentir que esa persona es la que te va a cambiar el mundo, en saber si ése amor es más que una noche juntos, en amar sin pedir nada, en saber que esas dos manos que se rozan cada cierto tiempo, sienten lo mismo cuando se tocan… En saber que cuando ves a esa persona a los ojos, te das cuenta de que por más que trataste, no pudiste ver un muro en sus ojos… En dormir pensando que la amás, y que no importa cómo ni cuándo, en algún momento la vas a tener… En no forzar las cosas y dejar que la vida actúe… En realmente saber que el amor no se mide con palabras ni versos, que no habla ni miente, que grita como un loco enardecido cuando sabe que la persona de su vida está frente a sus ojos… Se mide, sabiendo que de todas estas cosas que he escrito, lo que más vale no son las mil palabras, ni las elocuencias que he creado tal vez para tratar de explicar algo que ni yo misma entiendo, sino en el simple gesto que demuestra que en ese corazón de tiza, sin ninguna explicación, se ha encendido un amor.