martes, 13 de julio de 2010

Decepción.


Se le veía en las noches caminar, murmurando un poema o talvez un adiós, que nadie comprendía. Ella sola pretendía arrazar con el mundo que tenía bajo sus pies. Quizás era el miedo, o el amor, que tenía a su corazón quemado o congelado. Nadie sabe que aconteció. Nadie sabe como llegó ni en que momento podía partir, simplemente ella caminaba, a veces con lágrimas en los ojos, y con nostalgia de algun pasado con color.
Su realidad era una: esa realidad. Redimida en lo profundo de su ser, e intentando encontrarle alguna estúpida explicación a la vida, finalmente se sentó.
Era de noche, hacía frío, y su larga cabellera ondulada y café como la tierra, caía en sus hombros, como reposando en aquella tensión que ocasionaba el viento.
Fue en ese entonces, cuando sintió que la brisa acariciaba su piel. Fue en ese instante, cuando sintió. Sintió, después de andar inerte durante tantos años. Ella finalmente pudo sentir a la vida.
Su corazón, talvez de piedra, o escocido de tanta sal que caía en él, finalmente sintió.
La furia y el dolor eran tan fuertes, que su alrededor comenzó a cambiar al igual que ella, que su sentir, que su desgraciada vida. Sus desesperados sentimientos evocaron a la lluvia. Tanto así, que sus lagrimas no fueron tan solo agua con sal, sino hielo, hielo que salía con dolor del lagrimal de sus ojos, y del lagrimal del cielo, que como un amigo, quiso llorar con ella.
Por primea vez podía sentir el agua resbalar por sus mejillas, y entre gota y gota un granizo, para sentir el dolor, para darse cuenta de que estaba viva. Lloró y lloró, y sus lágrimas creaban zurcos en las hojas, su respiración propiciaba el movimiento feroz del viento, su dolor se reflejaba en el cielo, como relámpagos llenos de luz... Y allí estaba ella, sola, empapada en verdad.
Todo aquello terminó.
Todo sentimiento de angustia había dejado de aparecer.
El sol salió.
Y mientras tanto, ella observaba el verde, el amarillo, el café, el celeste el negro, el blanco el anaranjado, el color de la vida.
Se quedó quieta observando aquella escena, del sol fundiendo el hielo bajo sus ojos. Y como la vida no es vida sin un milagro, una pequeña polilla voló frenté a sus ojos, y siguió su camino con rumbo al sol.

Hielo

No quiero helar tus ojos.

No quiero que en este hielo derrames tu sal.

Quiero que sientas el frío de este invierno,

El frío que se escoce en tu piel através de la mía.

Y aunque parezca que no hay nada al rededor de este inusual presente,

creas que detrás de toda sombra hay vida.

Y que veas que en cada granizo de mi mano,

estoy sosteniendo a Dios.

Manos


Manos que zurcan en la tierra. Que trabajan en el diario vivir. Manos tristes, manos añoradas, manos cicatrizadas, manos olvidadas, llenas de dolor. Manos que sostienen la vida, que le dan un valor adicional a lo incondicional, manos amigas, manos de sustento, manos de ilusión. Manos que me sostuvieron cuando por primera vez existí, manos que me dan su calor. Manos que nunca se apartan de mi camino, manos que me abrazan, que me tocan, que me amparan. Manos que nunca me dejarán sola, y lucharán fervientemente sin dudar, manos de alegría, manos de recuerdos, de historias, de veneno, de luz, de sal, de hielo... e indudablemente de amor.

El ejemplo de mi vida.
Papi.