
Mirándote, y amparada en la luciérnaga
Que vuela tímidamente en el alféizar
De tu ventana,
Contemplo tu fina estampa alargada,
Que se refleja en la pared de tu rostro,
En donde estoy absurdamente anclada.
Te contemplo, e inmediatamente
Siento el fuego de tu candela dorada,
Abrasando este corazón
Pendiente de amor.
Puedo verte,
Menos tocarte.
Porque estás tan lejanamente adoptado
En ese ajeno cuarto, en no sé cuál lugar,
Que las probabilidades de tenerte cerca
Se hunden en cada ola de mar.
Sin embargo, sigo aquí,
Vislumbrando esos ojos turbulentos,
Que llenan la habitación
De mi mente,
De imágenes contrarrestadas
Por esta inicua noche dulcemente
Estrellada.
Te contemplo.
Contemplo tu figura eterna,
Tus manos sudorosas,
Tu espalda finamente marcada
De tu dolor,
De tu caminar,
Y un poco de tu amor.
Y me detengo.
Basta ya de tonterías,
Te deseo,
Y creo que te tengo,
Pero no intento tocarte,
Porque a través de esta ventana,
Y en medio de esta fría niebla,
Yo absurdamente,
Sólo puedo verte.