domingo, 17 de agosto de 2008

Historia de un amor de tango

Hoy he vuelto a abrir mis ojos. Se escucha desde lejos un bandoneón en la esquina donde por primera vez la encontré. Desnuda he visto su alma, al atardecer de mi vida. Nunca pensé que llegara a ser partícipe de tan hermosa belleza.

Tan sólo una vez la vi pasar, y eso bastó para que pudiera ver de una forma diferente.

Mi padre tocaba un tango argentino con sus amigos, que me hizo recordar a aquella radiante mujer. Cruzaba la calle con su vestido rojo, con su cabello recogido en un moño, un cigarro en su mano, y la mirada que jamás voy a olvidar.

Se notaba que su corazón estaba triste y roto, y desahogaba sus penas en la esquina de ese bar, donde con su baile sensual, hacía que todos los hombres notaran su presencia. Yo estaba ahí. Bailaba con una soltura, como si su alma fuera partícipe de ese ajetreo de caderas y dolores. Su rostro brillaba, y una tenue luz lo iluminaba. Sus ojos, de un carmin encendido, voltearon su mirada hacia mi lugar. Por un momento no supe que hacer; no encontraba otro gesto que expresarle. Estaba hipnotizado. Se acercaba cada vez más hacia mí, como si quisiera decirme algo con sus ojos. Sus manos de seda acariciaron mi rostro, y desde ese momento supe que era ella.

Pasaron los días, y seguia visitando aquel bar, esperando ver a la mujer que habia robado mi corazón. Sin embargo, ella no regresaba. Decidí ir a otros lugares, intentando encontrarla, pero aquella hermosa mujer, había desaparecido.

La tristeza invadia mi alma. Tomé y tomé en el mismo lugar, hasta que entre tambaleos y mareos, logré sentarme en una banca del parque del centro. Llevaba el sombrero que mi abuelo, -que en paz descanse- me había heredado. Nunca supe si fue producto de mi ebriedad, pero esa noche, juré haber visto la silueta más sensual que jamás haya existido. La seguí, intentando caminar como un caballero (no iba a parecer un mendigo al frente de tan celestial mujer), hasta que alcancé a ver un callejón con una puerta al final. La figura corrió hasta alcanzarla, y se sentó en la grada sollozando. Después de un largo caminar, logré llegar donde se encontraba, y supe que era ella. Me senté frente a ella, tomé su mano y la besé. Parece que mi gesto la hizo recordar el tragico encuentro que tuvo, porque estalló en llanto encima de mi hombro. Después de consolarla tan sólo con caricias; limpió su cara, tomó mi mano… y el baile comenzó.

La tomaba de su cintura, y ella con soltura se movía a lo largo del callejón. Sonaban esos disonantes acordes de Piazzola, mientras ella se internaba cada vez más en esa danza de dolor y deseo. No tenia idea de donde salia la música, simplemente me dejaba guiar por ella. Me quitó el sombrero y abrió los primeros botones de mi camisa. Mi euforia era incontrolable, y aún, a lo largo de ese baile, no nos habíamos dirijido una sola palabra. Parecía como si nos hubieramos conocido toda una vida; como si esto ya estuviera destinado a pasar. El baile se hacía cada vez mas intenso, y cada vez nuestra piel se rozaba más hasta sentir el calor que habia entre los dos cuerpos. No sé si fue esa tensión, o fue producto de la elevada cantidad de alcohol que habia en mi cuerpo, que me dejé caer. Ella se incó ante mi, y me dio aire con su abanico que traía en su escote. Me preguntaba si estaba bien, si había tomado mucho, de donde era, donde vivía, porque estaba tan triste. Yo no estaba en perfecto estado mental. Contestaba incoherencias. Aún así, ella se sentaba conmigo, me abrazaba, y me decía que todo iba a estar bien. Por un momento me dejó solo, y me llevó a la habitación que había detrás de la puerta en la que ella lloraba. Le dije que me llamaba Alberto, y que la había visto bailar uno de los tangos que escribí. No sé si me creyó cuando escuchó las últimas palabras; tan sólo vi que una sonrisa iluminaba su rostro. Sentí que el cuarto se iba apagando, hasta ver desaparecer todo… Cuando desperté, me encontré recostado en un sillón. Evidentemente quedé inconciente la noche anterior. Parecía ser su casa, o al menos, el lugar donde descansaba cuando no trabajaba. Por extraño que imaginara, el lugar no era digno de una mujer de esa belleza. Tenía las cortinas rasgadas, una cocina muy antigua, y al frente de la ventana se encontraba un tocadiscos, donde sonaba L’ Evasion. Recordé que ella me había traído hasta ese lugar, pero no la veía. Me levanté, y caminé hacia la mesa, donde encontré una taza de té a medio terminar, unos sobros de pan y una foto suya que decía “María Gabriela”. ¿Sería ese su nombre? Me quedé buscando algo que pudiera decirme si era cierto, pero no vi nada. Probablemente ella había salido hacía muy poco. Decidí ir a buscarla; no tenía palabras para agradecerle tan hermoso gesto de princesa. Yo era un total desconocido para ella, y sin embargo, viví lo que nunca antes habia imaginado. Mientras caminaba por la calle, recordé las escenas de la noche anterior, y mi mente se iba entre esos pensamientos. Pasé por la banca donde estuve piantado el día anterior. ¿Estuve soñando o que? No sabía que pasaba. Su nombre quemaba mi voz: “María”. Pensaba tanto en ella que hasta tropezaba de vez en cuando por no poner atención a mi entorno. Cuando volví a mi estado normal, regresé a mi casa. Decidí descansar por un breve instante. Mi padre se encontaba de nuevo con sus amigos. Esta vez tocaban Adiós Nonino, uno de mis tangos favoritos. Me senté en un sillón a pensar, con mi sombrero en la mano, y decidí que no podía dejar pasar ni un minuto más sin ver a mi amada. Volví a la esquina donde por primera vez la vi, y reservé un lugar. Para la dicha de mis ojos, la volví a ver; pero esta vez, tras otro hombre. El hombre que probablemente la hizo sufrir el día en que llegué a consolarla. No pude soportar mi sufrimiento. Se me había roto el corazón. Tomé una pluma, un pergamino, y ebrio, y a media luz le escribí un verso conocido, que dice:

“Hoy que Dios me deja de soñar,
a mi olvido iré por Santa Fe,
sé que en nuestra esquina vos ya estás
toda de tristeza, hasta los pies.
Abrazame fuerte que por dentro
me oigo muertes, viejas muertes,
agrediendo lo que amé.
Alma
mía, vamos yendo,
llega el día, no llorés.”

Me fui de ese lugar. Me sentí totalmente humillado. Lo que sentía por esa mujer no era en vano, de verdad llegué a amarla. Yo era un tarado; ni siquiera sabia como se llamaba. No es posible que el amor sea así de sucio… La única forma de poder sacármela de la mente en esos momentos era tocando el bandoneón. Todo mi dolor, mi rabia, salía de mi corazón convertido en música. Nunca en mi vida había compuesto un tango tan brusco como el de ese día; mezcla de dolores y pasiones, que en algún momento viví.

Pasaban los días, y caminaba por las calles de Buenos Aires esperando alguna señal que me dijera que ella era esa mujer, mi mujer. Llegué al parque donde estuve ebrio aquella vez, y me senté a ver el atardecer. Después de un rato, sentí que alguien tocaba mi hombro. No le di importancia alguna. “Alberto”, escuché. Era una voz de mujer, pero aún así no me importó. Escuché unos pasos que se alejaban, y como no pude contener mi curiosidad, volteé mi cabeza. No podía dar crédito a mis ojos. A lo lejos se veía la misma silueta sensual que me enamoró. Era ella. “¡María Gabriela! ¿Sos vos?”, grité. Ella no me contestó, tan solo dio media vuelta, corrió hacia mis brazos… Y sellamos todo con un beso.

Me dijo que me amaba, y que no iba a dejar que su vida se fuera así de fácil. Yo la miré y simplemente la abracé. Caminamos por las calles, de la mano, gritando aquellos versos de “¡Vivan, vivan! ¡Los locos que inventaron el amor!”

Alberto fijó su mirada al horizonte, y divisó entre ese cielo azulado, la figura de dos pájaros que volaban juntos sin parar. En ese instante sintió como si el y ella fuésen esas aves, que volaban hacia aquel lugar, donde por primera vez, los inundó el tango.

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