martes, 23 de junio de 2009

Laberinto


Estoy hurgando en el humbral de mi vida. Entre el límite de la vida y la muerte, donde un cinco no vale ni un bledo, y una palabra me salva la vida. Estoy a la mitad de una pesadilla que comienza a tomar forma y ya tiene pies. He visto como la gente se convierte en máquinas para hacer pájaros donde se transforman en una especie con un ritmo constante sin poder parar, o en animales domésticos, y hasta hacen piruetas con tal de que les den de comer. Yo ya no estoy para esas cosas, yo ya he vivido demasiado. Soy un viejo silvestre, que en mi juventud me jacté de mi hermosura para poder seducirlas. Hoy por hoy, ya no soy más que un títere usado y pasado por tantas manos que estoy totalmente desgastado. Años atrás la gente se sentía atraída por aquel que tenía mil motivos para poder vivir, y vaya que los tuve, porque de no haber sido por eso, no estaría sentado en este banco decidiendo si partir o irme de aquí. No muchachos, son dos cosas muy distintas, partir significa dejar todo lo pasado a un lado y encaminarme a un rumbo desconocido, e irme lejos de aquí es dejar este banco y comenzar a caminar. Ustedes tienen una vida fácil, les dan de comer, o simplemente encuentran la comida, se ganan el cariño de cualquier persona, y son jóvenes, jóvenes... Eso es lo que desearía ser yo otra vez. ¿Entonces me van entendiendo porque mi pesadilla ya tiene una mano mas? Es difícil explicar lo que es la vejez sin siquiera estar en su piel, y yo pensé que a mi edad tendría muchas cosas, pero veanme aquí, hablando con ustedes, planteándome por que no tengo mas compañía que la suya. No, no, no se ofendan, quise decir que de no haber sido por el laberinto en el que me metí, no estaría hablando con ustedes. Son buenos, ¿saben? Ustedes no le hacen daño al mundo, y mas bien, me dan su mano. Grandes chicos, sin duda alguna. Pues bueno, ya les dije la palabra clave de mi monstruo: este laberinto. Este miedo a morir, a no valer nada para nadie, a dejar mi vida terrenal para pasar a ser parte de una sarta de quien sabe que cosas y quien sabe en donde, en dejar que mi cuerpo sea alimento se seres que morirán en tres días, me aterra, si, lo confieso. ¿A ustedes no les da por pensar en esas cosas? No no no, cierto, tienen razón, son demasiado jóvenes. Entonces ven que mi pesadilla tiene base sólida, no? En esta soledad es difícil no aferrarse a lo poco que uno tiene, y es por eso que tengo que decidir pronto, antes de que esa pesadilla se torne realidad. Pero ustedes, muchachos, son los únicos que saben escuchar, los que me han sabido advertir lo que debo o no debo hacer. Cruzar la calle es una decisión difícil, ¿saben? Nunca sabes que te irá a pasar en el camino, o que habrá al otro lado. Pero ustedes no dudan, solo tienen precaución, y con sus instintos cruzan, y ya. Son admirables amigos, por eso los quiero, y sin ustedes aquí, no sería nada. ¿Que tal si nos vamos de una vez? ¿Si partimos y no le damos tregua al mundo para que decida por nosotros si podemos vivir? Vamos de una vez ya, es hora de salir del laberinto, ¿y saben que? Creo que estoy viendo la salida allá, al este, ¿la ven? Ese círculo amarillo reluciente. Vamos amigos, que se nos hace tarde, la salida se mueve y solo podemos decidir una vez al día. Son fieles, mis caballeros, mis radiantes amigos caninos. Me han dado su pata tantas veces, que de ahora en adelante seré yo quien les de mi mano.

viernes, 15 de mayo de 2009

Recordatorio

Abro las ventanas de mi día, me baño, y por un accidente mi abuela encontró el celular de mi padre en el fondo de la lavadora. Voy a buscar mi antiguo celular para que él tenga al menos algo que usar. Lo enciendo, (por cierto, lo cambié hace 2 años, pero nada de lo que quedó en su memoria se ha borrado) y comienzan a aparecer los recordatorios de cumpleaños desde el mes de abril y mayo, y las notas que tenía guardadas... Cumple Lau 19 , Cumple Shenuk 14, y finalmente... Cumple Chivi 19. En ese instante me invadió un sentimiento extraño, algo que llevaba mucho tiempo de no sentir: su ausencia. Me quedé inmóvil durante unos segundos, tratando de procesar la información porque a veces suelo ser un poco lenta. Pongo el celular en la mesa, y le recuerdo a mi abuelita lo que significaba el día de ayer, y me responde: "Ay mamita... Ella es un ángel. Y está celebrando su cumpleaños con la divinidad del Señor, como un ángel merece celebrarlo". ¿Que mejores palabras podés recibir de alguien con tanta sabiduría? Fui a encenderle una velita en honor a su nombre, y vi que ya mi abuela la había encendido.
Ahora aquí sentada, escribiendo, con un par de lágrimas que me ruedan por mis mejillas, tan sólo recordando y pensando, te veo en mi mente, te abrazo y te beso, te canto feliz cumpleaños como lo hice hace 5 años... TODOS los santos días del mes de mayo! ¿Te acordás? Estoy segura de como sería tu reacción... me da risa pensar en eso.
Sé que aveces tengo tantas cosas en mi mente que por ciertos lapsos de tiempo no te tengo presente en mi mente, pero sé que la culpable de que el celular de mi padre ahora haya pasado a una vida mejor (jaja) fuiste vos, porque me hiciste ver que hay pequeños detalles tan importantes, que pueden llegar a cambiar un día totalmente. Un simple celular, un simple recordatorio, que me sirvió para recordar que también vos me recuerdas...
Fuiste vos Chivi.
Fuiste vos la causante de muchos cambios en mi vida... Que hasta ahora comprendo.
Gracias a vos la persona que más añoraba en mi vida me ayudó a ver el sol de nuevo.. Y vos sabés quién es.
Gracias mi Chivi preciosa.. Porque sos y siempre serás mi mejor amiga.
Te amo,
Feliz cumpleaños.

lunes, 9 de febrero de 2009

Las ganas de ser

Estuve poco tiempo sentada en una tierra desconocida. Pero fue suficiente como para entender que ni ahí ni en ningún lugar se pueden esconder los problemas. Podés estar al lado de alguién o estar completamente solo, que ellos andan revoloteandote sin necesidad de pagar transporte u hospedaje, porque son parte de vos. Cuando menos los necesitas es cuando aparecen y juegan a la crueldad con la armonía se suponía que tenías en ese instante.
Cinco segundos son suficientes para devorar los mas afines pensamientos de tranquilidad. Entonces es cuado comienza un interminable diálogo con vos mismo y tus problemas, y terminas en un juicio, siendo vos la víctima de tus propias acusaciones. Ellos no tienen piedad a la hora de reprocharte cada centímetro de imperfección que reside en tu vida, ni de lastimarte a vos mismo (lo cuál me parece irónico, porque sin estar involucrada alguna persona externa que se supone, son las que generalmente lastiman, terminas solito hacíendote pedazos).
Entonces, podés físicamente estar disfrutando de un lugar paradisiaco, mientras por dentro te estás dando con un látigo en el alma.
Te cuesta procesar la información que te da la persona que está al lado, porque tenés una guerra de papeles, de tiranos, de mentiras, de miedos y verdades que nunca has podido afrontar.
Y... Acaso ellos tienen la culpa?
He de decir, que siendo víctima reciente de ellos, desafortunadamente no. Son como una plaga de algún insecto que se reproduce a partir de, digamos, una fruta que dejas que se pudra. Yo tengo la culpa de eso. Entonces basándome en esta comparación, podría decir que dejo que mi mente se pudra para que la plaga de problemas crezca cada vez más. ¿Seré una idiota o que es lo que me pasa? Porque realmente esto no tiene un sentido. He leído, escuchado y hasta he dado consejos más de una vez con la frase de que "para que los problemas no ocurran, tenés que enfrentarlos" y bla bla bla... Y lo peor de todo es que actúo como una total ignorante cuando se trata de aplicar eso en mi vida.
A veces me siento a charlar con mis miedos, con miedo a que me de aún más miedo. Bueno, pensándolo bien, su especialidad es el miedo, entonces su trabajo es llenar a la gente de distintos tipos de ellos, de diferentes especialidades. Entonces es cuando comprendo un poco más la raíz del asunto. Ellos son como el postgrado de la carrera de inseguridad... Y me río, porque comparándolos con esta tontería, todo comienza a tomar sentido para mí.
Esto me está gustando, entonces voy a continuar.

Sin mirar a nadie

Se te siente en tu nombre la simpleza de ser,
la facilidad con la que te desenvuelves por la vida
y te envuelves en el amor.
Yo estoy aqui sentada,
mirandote cuando te cruzas por mi mente
sin necesidad de estar viendo tu imagen,
porque deseo tenerte a mi lado
pero no estás.
Entonces es cuando tomo tu mano
en la imagen de tu rostro
que tengo perennemente dando vueltas,
te abrazo, te digo mil tonterías,
reímos juntas, lloramos, y finalmente,
(como en todo final)
nos despedimos, tu con la promesa
de que seguirás rondando mi vida,
y yo guardandote en mi recuerdo,
sabiendo que en algun momento volveremos a vernos
sin necesidad de mirar a nadie.

domingo, 17 de agosto de 2008

Historia de un amor de tango

Hoy he vuelto a abrir mis ojos. Se escucha desde lejos un bandoneón en la esquina donde por primera vez la encontré. Desnuda he visto su alma, al atardecer de mi vida. Nunca pensé que llegara a ser partícipe de tan hermosa belleza.

Tan sólo una vez la vi pasar, y eso bastó para que pudiera ver de una forma diferente.

Mi padre tocaba un tango argentino con sus amigos, que me hizo recordar a aquella radiante mujer. Cruzaba la calle con su vestido rojo, con su cabello recogido en un moño, un cigarro en su mano, y la mirada que jamás voy a olvidar.

Se notaba que su corazón estaba triste y roto, y desahogaba sus penas en la esquina de ese bar, donde con su baile sensual, hacía que todos los hombres notaran su presencia. Yo estaba ahí. Bailaba con una soltura, como si su alma fuera partícipe de ese ajetreo de caderas y dolores. Su rostro brillaba, y una tenue luz lo iluminaba. Sus ojos, de un carmin encendido, voltearon su mirada hacia mi lugar. Por un momento no supe que hacer; no encontraba otro gesto que expresarle. Estaba hipnotizado. Se acercaba cada vez más hacia mí, como si quisiera decirme algo con sus ojos. Sus manos de seda acariciaron mi rostro, y desde ese momento supe que era ella.

Pasaron los días, y seguia visitando aquel bar, esperando ver a la mujer que habia robado mi corazón. Sin embargo, ella no regresaba. Decidí ir a otros lugares, intentando encontrarla, pero aquella hermosa mujer, había desaparecido.

La tristeza invadia mi alma. Tomé y tomé en el mismo lugar, hasta que entre tambaleos y mareos, logré sentarme en una banca del parque del centro. Llevaba el sombrero que mi abuelo, -que en paz descanse- me había heredado. Nunca supe si fue producto de mi ebriedad, pero esa noche, juré haber visto la silueta más sensual que jamás haya existido. La seguí, intentando caminar como un caballero (no iba a parecer un mendigo al frente de tan celestial mujer), hasta que alcancé a ver un callejón con una puerta al final. La figura corrió hasta alcanzarla, y se sentó en la grada sollozando. Después de un largo caminar, logré llegar donde se encontraba, y supe que era ella. Me senté frente a ella, tomé su mano y la besé. Parece que mi gesto la hizo recordar el tragico encuentro que tuvo, porque estalló en llanto encima de mi hombro. Después de consolarla tan sólo con caricias; limpió su cara, tomó mi mano… y el baile comenzó.

La tomaba de su cintura, y ella con soltura se movía a lo largo del callejón. Sonaban esos disonantes acordes de Piazzola, mientras ella se internaba cada vez más en esa danza de dolor y deseo. No tenia idea de donde salia la música, simplemente me dejaba guiar por ella. Me quitó el sombrero y abrió los primeros botones de mi camisa. Mi euforia era incontrolable, y aún, a lo largo de ese baile, no nos habíamos dirijido una sola palabra. Parecía como si nos hubieramos conocido toda una vida; como si esto ya estuviera destinado a pasar. El baile se hacía cada vez mas intenso, y cada vez nuestra piel se rozaba más hasta sentir el calor que habia entre los dos cuerpos. No sé si fue esa tensión, o fue producto de la elevada cantidad de alcohol que habia en mi cuerpo, que me dejé caer. Ella se incó ante mi, y me dio aire con su abanico que traía en su escote. Me preguntaba si estaba bien, si había tomado mucho, de donde era, donde vivía, porque estaba tan triste. Yo no estaba en perfecto estado mental. Contestaba incoherencias. Aún así, ella se sentaba conmigo, me abrazaba, y me decía que todo iba a estar bien. Por un momento me dejó solo, y me llevó a la habitación que había detrás de la puerta en la que ella lloraba. Le dije que me llamaba Alberto, y que la había visto bailar uno de los tangos que escribí. No sé si me creyó cuando escuchó las últimas palabras; tan sólo vi que una sonrisa iluminaba su rostro. Sentí que el cuarto se iba apagando, hasta ver desaparecer todo… Cuando desperté, me encontré recostado en un sillón. Evidentemente quedé inconciente la noche anterior. Parecía ser su casa, o al menos, el lugar donde descansaba cuando no trabajaba. Por extraño que imaginara, el lugar no era digno de una mujer de esa belleza. Tenía las cortinas rasgadas, una cocina muy antigua, y al frente de la ventana se encontraba un tocadiscos, donde sonaba L’ Evasion. Recordé que ella me había traído hasta ese lugar, pero no la veía. Me levanté, y caminé hacia la mesa, donde encontré una taza de té a medio terminar, unos sobros de pan y una foto suya que decía “María Gabriela”. ¿Sería ese su nombre? Me quedé buscando algo que pudiera decirme si era cierto, pero no vi nada. Probablemente ella había salido hacía muy poco. Decidí ir a buscarla; no tenía palabras para agradecerle tan hermoso gesto de princesa. Yo era un total desconocido para ella, y sin embargo, viví lo que nunca antes habia imaginado. Mientras caminaba por la calle, recordé las escenas de la noche anterior, y mi mente se iba entre esos pensamientos. Pasé por la banca donde estuve piantado el día anterior. ¿Estuve soñando o que? No sabía que pasaba. Su nombre quemaba mi voz: “María”. Pensaba tanto en ella que hasta tropezaba de vez en cuando por no poner atención a mi entorno. Cuando volví a mi estado normal, regresé a mi casa. Decidí descansar por un breve instante. Mi padre se encontaba de nuevo con sus amigos. Esta vez tocaban Adiós Nonino, uno de mis tangos favoritos. Me senté en un sillón a pensar, con mi sombrero en la mano, y decidí que no podía dejar pasar ni un minuto más sin ver a mi amada. Volví a la esquina donde por primera vez la vi, y reservé un lugar. Para la dicha de mis ojos, la volví a ver; pero esta vez, tras otro hombre. El hombre que probablemente la hizo sufrir el día en que llegué a consolarla. No pude soportar mi sufrimiento. Se me había roto el corazón. Tomé una pluma, un pergamino, y ebrio, y a media luz le escribí un verso conocido, que dice:

“Hoy que Dios me deja de soñar,
a mi olvido iré por Santa Fe,
sé que en nuestra esquina vos ya estás
toda de tristeza, hasta los pies.
Abrazame fuerte que por dentro
me oigo muertes, viejas muertes,
agrediendo lo que amé.
Alma
mía, vamos yendo,
llega el día, no llorés.”

Me fui de ese lugar. Me sentí totalmente humillado. Lo que sentía por esa mujer no era en vano, de verdad llegué a amarla. Yo era un tarado; ni siquiera sabia como se llamaba. No es posible que el amor sea así de sucio… La única forma de poder sacármela de la mente en esos momentos era tocando el bandoneón. Todo mi dolor, mi rabia, salía de mi corazón convertido en música. Nunca en mi vida había compuesto un tango tan brusco como el de ese día; mezcla de dolores y pasiones, que en algún momento viví.

Pasaban los días, y caminaba por las calles de Buenos Aires esperando alguna señal que me dijera que ella era esa mujer, mi mujer. Llegué al parque donde estuve ebrio aquella vez, y me senté a ver el atardecer. Después de un rato, sentí que alguien tocaba mi hombro. No le di importancia alguna. “Alberto”, escuché. Era una voz de mujer, pero aún así no me importó. Escuché unos pasos que se alejaban, y como no pude contener mi curiosidad, volteé mi cabeza. No podía dar crédito a mis ojos. A lo lejos se veía la misma silueta sensual que me enamoró. Era ella. “¡María Gabriela! ¿Sos vos?”, grité. Ella no me contestó, tan solo dio media vuelta, corrió hacia mis brazos… Y sellamos todo con un beso.

Me dijo que me amaba, y que no iba a dejar que su vida se fuera así de fácil. Yo la miré y simplemente la abracé. Caminamos por las calles, de la mano, gritando aquellos versos de “¡Vivan, vivan! ¡Los locos que inventaron el amor!”

Alberto fijó su mirada al horizonte, y divisó entre ese cielo azulado, la figura de dos pájaros que volaban juntos sin parar. En ese instante sintió como si el y ella fuésen esas aves, que volaban hacia aquel lugar, donde por primera vez, los inundó el tango.

sábado, 12 de julio de 2008

¿Con qué se mide el amor?

Basta tan sólo una mirada perdida, para poder comprender que el amor no es una fase, ni una ilusión, ni mucho menos un estado de ánimo. El amor es sencillamente, saber sin pensar, ver sin abrir los ojos, entender sin escuchar, decir sin pronunciar una sola palabra, y sentir sin tocar superficie. Es la esencia del mundo, lo que lo mueve cada día y lo lleva a hacer círculos en un laberinto que logramos resolver cuando todo se torna de una forma en la cual ya nada importa, y las cosas más insignificantes al ojo humano, comienzan a tomar sentido.

Cuando eso ocurre, es posible que nos extrañemos al principio. No lo pedimos, no nos ponemos de acuerdo para decir: “Hoy me voy a enamorar”, “hoy voy a sentir algo diferente por alguien”. No. El amor aparece cuando uno menos lo espera, y en muchos casos, en el momento menos indicado.

Pero, ¿cómo sabemos cuando realmente es amor, o cuando nos estamos engañando con algo que se asemeja a él?

Es importante recalcar que el amor no se controla, el amor no se mide con la mente ni con la cantidad de cariño que le entrego a una persona por cada vez que la veo, el amor nace y es un loco desenfrenado que no quiere parar, es un loco enamorado que hace que esa locura crezca dentro de nosotros. No existen dosis de amor que permitan saber cada cuánto hay que darlo y recibirlo, el amor sabe por quién muere, sabe cuál es esa persona por la que hace que ese músculo que palpita dentro de nosotros bombee sangre más rápido de lo normal. Sabe que por esa persona hace lo que sea, nace sólo para sentirla, para verla, para desearla, para querer saber lo que se siente estar cerca de ella.

Hablando más técnicamente, se dice que la mente nos controla casi todo, casi, casi todo. A veces creemos que creando una barrera entre nuestra mente y nuestros sentimientos, somos capaces de calmar esa fiera de amor que se desborda por nosotros. Pues que pena, pero lamento decir que esto no es posible. El llamado “bloqueo mental”, simplemente es un estado de la mente construido conscientemente, en cual ni salen ni entran ideas a la cabeza. Quedamos suspendidos, de modo que seguimos operando como deberíamos hacerlo normalmente, sin tomar en cuenta que no todo nuestro funcionamiento es óptimo. Cuando el factor “X” (llámese factor “X” a la persona que hace que todo nuestro funcionamiento normal de la vida, se desestabilice, creando así, un desperfecto ó efecto no deseado que produce fallas técnicas en nuestro sistema) aparece, la “fuerte barrera” que estuvimos creando se derriba sin dejar rastro de lo que alguna vez fue una muralla. Es en este momento cuando la presa sentimental se desborda y una vez pasado el desastre, debemos hacer recuento de “daños” (éste implica entre muchos otros efectos secundarios, el no soportar decirle a esa persona lo mucho que significa para nosotros).

Nótese, que si estamos creando una barrera, es nada más y nada menos porque esa persona significa algo para nosotros. Sin embargo, la necesidad de bloquear ese sentimiento, no nos hace sentir bien. Es como si quisiéramos tratar de controlar los instintos que hacen que esa persona sea más especial en algún sentido.

Pero, ¿qué ganamos con bloquear ese sentimiento? Al principio creemos que es lo más conveniente, ya que por ciertas cosas de la vida, sentir algo por esa persona no es lo más adecuado en ese momento, y claro, tenemos razón. Nos hemos encargado de construir una vida “estable”, en la que creemos estar bien, cuando no lo estamos. Tratamos de seguir negando en la cabeza que el sentimiento por esa persona va creciendo cada vez más. Es como si cuando hacemos pan, le agregáramos sin querer, más levadura de lo normal, y lo colocáramos en un molde casi justo a la medida de esa masa. Pasadas unas horas, la masa duplicó su tamaño, y si lo dejáramos más, seguiría en aumento. Así más o menos, con este ejemplo tan rudimentario, es cuando nos damos cuenta de que perdimos el control del amor por esa persona.

Nos estamos autoflagelando. Nos estamos haciendo daño. Y muchas veces tendemos a echarle la culpa a la persona que nos está haciendo perder la razón. No es justo que por culpa de esa persona tengamos un descontrol total en nuestra vida, la cual antes estaba “normal”. Es aquí, cuando nos damos cuenta de que para calmar ese dolor, ese sentimiento funesto, irónicamente necesitamos hablarle, estar con esa persona, sentirla, tenerla aunque sea por un segundo. Cuando estamos con ella, todo ese sentimiento de tristeza se va, se pierde; es como si estuviéramos en un mundo paralelo donde los únicos que existen son la persona que nos hace feliz, y uno mismo.

Es aquí cuando comenzamos a ceder, a dejar que el sentimiento por esa persona aflore poquito a poco. Es cuando comenzamos a dejar de nadar contra marea, y nos dejamos llevar por el mar, cuando comenzamos a aceptar que somos felices con ella. Es aquí cuando de repente el mundo comienza a cobrar sentido, cuando nos damos cuenta de que ya no es atracción. Entonces, ¿es amor o un engaño? No, es simplemente amor.

Pero todavía queda algo que no calza en todo esto. Esa persona todavía no nos ha escuchado decir de nuestra boca que la amamos. Vaya que es un paso difícil, especialmente si todavía existen ciertos impedimentos que no nos dejan completar esta hazaña. Y es cuando comenzamos a pensar en todos, menos en nosotros mismos. Es un error que muchas veces cometemos. Ponemos nuestra felicidad en el último lugar. Es totalmente injusto. Por una vez en nuestras vidas, somos enteramente felices, pero ese detalle lo hace casi imposible de lograr.

Una sola decisión, una sola. Ese momento es el que cambia la vida por siempre. Si damos un paso adelante, estamos prácticamente asegurándonos la vida feliz que hemos deseado. Si damos un paso atrás, seguimos con la misma vida, probablemente sin ningún cambio, caminando por ese sendero que tal vez no sea el que deseamos. La decisión se va acortando a un minuto, uno en el que pasan miles de escenas en nuestra cabeza, y finalmente el “¿Qué hago?”. El minuto se agota, y quedamos suspendidos en un segundo, el de decidir si caminar, o quedarnos donde estamos.

Es aquí cuando puedo decirles con qué se mide el amor. Se mide con la decisión que tomás si realmente amás a esa persona, con el beso robado en el que un segundo dura una eternidad… En pensar en vos mismo y no en los demás ni en las consecuencias, en sentir que esa persona es la que te va a cambiar el mundo, en saber si ése amor es más que una noche juntos, en amar sin pedir nada, en saber que esas dos manos que se rozan cada cierto tiempo, sienten lo mismo cuando se tocan… En saber que cuando ves a esa persona a los ojos, te das cuenta de que por más que trataste, no pudiste ver un muro en sus ojos… En dormir pensando que la amás, y que no importa cómo ni cuándo, en algún momento la vas a tener… En no forzar las cosas y dejar que la vida actúe… En realmente saber que el amor no se mide con palabras ni versos, que no habla ni miente, que grita como un loco enardecido cuando sabe que la persona de su vida está frente a sus ojos… Se mide, sabiendo que de todas estas cosas que he escrito, lo que más vale no son las mil palabras, ni las elocuencias que he creado tal vez para tratar de explicar algo que ni yo misma entiendo, sino en el simple gesto que demuestra que en ese corazón de tiza, sin ninguna explicación, se ha encendido un amor.

lunes, 7 de julio de 2008

Detrás del nombre

"Es hora de volver a mi, a cantar las cosas que me hacian bien, de verdad"...Así dice un verso de una de las canciones del maestro Fito Paez, y es la que ahora da el nombre a mi blog. Probablemente muchos tendrán uno con este nombre, pero, ¿y qué? Es el nombre que sentí que tenía que darle, ya que hace mucho tiempo tuve esta idea.
Una idea probablemente repetida, pero única en su forma. Es mi forma de ver la vida, es mi forma de escribir. Es mi propia filosofía. Una filosofía aparentemente barata, donde lo único que está en juego, es mi teclado, la pantalla, y una que otra canción de alguien que me inspira a escribir.
Un nombre dice miles de cosas, dice como sos, de donde sos y hacia adonde vas... Dice más de lo que pensás, pero, ¿qué es lo que verdaderamente está detrás del nombre? Pues es simple y sencillo de adivinar. Detrás de un nombre repetido, de una frase utilizada, de una filosofía barata y unos zapatos de goma, estoy yo. Una persona que decide escribir porque en su mente está la idea de que no importa cuán repetido sea todo, cuantas veces una persona puede llamarse igual, o cuantas veces por casualidad, se topa uno con acontecimientos ficticios que parecen ser prácticamente iguales a la vida real.
Detrás de un nombre está una historia, y detrás del mio hay millones de cosas que no conocés. Es aquí justamente, cuando nos damos cuenta de que verdaderamente comienza esta historia, este trance de volver a mi.